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fue un ‘maracanazo’. Fue el ‘centenariazo’.
El Depor hizo historia con una extradordinaria victoria en el Bernabéu
que agiganta su vitola de equipo grande en el concierto continental.
Supo entender mejor el partido desde el principio, jugó un
fútbol de altísima escuela en algunas fases y, cuando
tuvo que aguantar, lo hizo con un aplomo y un espíritu
encomiable. El Madrid sufrió casi desde el túnel de vestuarios y sólo su personalidad y raza de equipo campeón le mantuvo en el partido hasta el final. Pudo haberse desmoronado y haber caído con estrépito, pero eligió perder con grandeza. El baño de la primera parte empezó en el minuto cinco y culminó en el cuarenta y tres. Sergio hizo añicos la zaga blanca después de dibujar un triángulo primoroso con Valerón y Tristán. El Depor había salido con más aplomo, con el temple justo en el ánimo y eso se tradujo en un control absoluto del juego. Mauro lo cortaba todo y luego, Sergio, Valerón y Fran le daban la velocidad justa al balón. Tras el primer rejón, apareció el Madrid habitual. La agitación le llevó a crecerse diez minutos. Fue más una bravuconada que un ejercicio a largo plazo. En ese rato, a Zidane le dio tiempo a rematar al larguero y a ver como Molina le sacaba un balón de gol junto al palo. Enseguida se vio que jugaba un equipo contra un grupo de solistas. En cuanto al Madrid se le escapó el fuelle, volvió a verse dominado de arriba a abajo. Figo abandonó la banda, se metió en el centro y creó un atasco incomprensible. A Zidane se le apagó la luz y en el centro neurálgico, el agujero fue abismal. No se puede comparar el duo Mauro-Sergio con Makele-Helguera por una mera cuestión de respeto a los blancos. Les desnudaron en cada jugada. El Depor fue creciendo y armándose cada vez con más solvencia. La jerarquía de Mauro era imponente y, con él, se fue agigantando todo el equipo. La primera parte estaba siendo un libro abierto de cádetra futbolística. Tanta amplitud en el Depor le vino grande a gente como Pavón, que acabó desconsiéndose y quedando en evidencia. El segundo gol de Tristán no era más que una consecuencia lógica de la soba que estaba recibiendo el Madrid. Al borde del abismo Valerón lanzó al poste y, a partir de ahí, el Madrid decidió que no iba a salir de allí humillado. Abandonó la calidad, el orden y la pausa y tiró de vísceras. Solari arrastró a sus compañeros en busca de una hazaña de locos. Porque era una locura pensar que al Depor se le fueran a ir las costuras. Un arranque de raza del argentino dejó el balón a los pies de Morientes, que aguantó bien para suministrar a Raúl el único gol blanco. Nadie se desmoronó en el Depor. Naybet y César apretaron los dientes y sacaron todo lo que se podía sacar de los rincones del área. Mauro, imperturbable, fue a lo suyo. Le faltó atarse el balón al tobillo. Irureta movió el banco y, por un momento, levantó dudas. Valerón, espléndido, se fue al banco y salió Dusher. Tristán se quedó sin socio y se le vio menos, pero sus trazas fueron las de siempre, las de un delantero exquisito. Engordar para morir Los latigazos del Depor, en el cuarto de hora final, eran vertiginosos. Como no habían tenido que correr trass el balón, Víctor y Sergio tenían los pulmones llenoso. Irureta, por si acaso, metió oxígeno. No hizo falta. Su equipo no estaba sufriendo, aunque tampoco disfrutó porque el Madrid se empeñó en caer de pie. El Depor se mantuvo intacto, como si nada. Imperturbable, viendo como el Madrid se atolondraba a veces, se enredaba en la nada fruto de la cruel agonía final. |