Tenían todo preparado para su fiesta pero el Real Madrid se olvidó de que el Deportivo es hijo de Hércules. Que ellos cumplen un siglo cuando el faro coruñés lleva varios encima. Que nada asusta ni a este equipo ni a esta afición. Que las proezas, ayer chamartinazo son la marca de la casa. La marca de los valientes. Quedó claro desde el principio. El inicio de los partidos con estos condicionantes suelen ser significativos. Se cumplió la premisa y el Dépor presionó hasta con tres jugadores la primera posesión rival. A los dos minutos, un tiro de Tristán similar al del empate a dos en Riazor el año pasado, ya puso en funcionamiento a César.

Los de Jabo, saltaron al césped sin miedo, con hambre. Como en un slogan publicitario. ¿Centenario? pues a por todas. Así, la jugaron en el centro del campo, Tristán con esa elegancia que desequilibra a la vez que desquicia, le cedió un balón franco a Sergio. De repente, Old Trafford y el gol que le valió una Copa a su Espanyol se citaron en la mente del catalán. No falló. Con la frialdad de un iceberg se la coló al meta blanco ante el delirio visitante. Con el cero a uno, el Dépor desgastó al Madrid y cuando lo vio con la lengua fuera, le volvió a golpear. La ventaja no le hizo bajar los brazos al Dépor. El Madrid tampoco le dio tiempo. Los que afirman que el Deportivo necesita un enorme adversario para mostrar su mejor cara vieron cumplida teoría. Porque el Madrid que tenía enfrente no era moco de pavo. Se vio obligado a embotellar a los herculinos. Aunque lo hacía con más corazón que cabeza, forzado como estaba a llevarse la victoria en el día más importante de su centenaria trayectoria. Se fueron arriba aprovechando el leve repliegue deportivista Zidane rozó el gol en dos ocasiones. En la primera, su cabezazo se topó con el travesaño. En la segunda, su internada por banda murió ante Molina, tan firme como un larguero. La posesión del esférico era absolutamente madrileña, pero el desgaste también.

Muchos pensaron que el Dépor se había echado atrás llevado por el miedo escénico y las supuestas tendencias conservadores de su banquillo. Nada más lejos de la realidad. Estaba pensado y bien pensado. Haciendo gala de una defensa de libro, de las que se deberían estudiar durante cien años los blanquiazules permitieron, con una zorrería propia de Arteixo que el Madrid se desgastara y cayera víctima de su extrema ansiedad. Una vez que lo vio con la lengua fuera, giraron el cuello en dirección al fondo norte, convertido ayer en la grada de General, y se lanzaron al abordaje. El Dépor se ha convertido en una maestro de la guerra psicológica. Desespera y engaña al rival para después abofetearlo sin perder la compostura. Nada de peleas barriobajeras.

Contundencia en la noble lucha, toda; arte en el juego, también. Como buenos coruñeses: bravos, pero señores.
El último cuarto de hora de la primera parte fue una exhibición deportivista. Los de Jabo gozaron de dos buenas ocasiones antes de ampliar su diferencia. Y lo volvieron a hacer con soltura y belleza. Valerón se llevó el balón entre la maraña merengue sin perder su alta compostura, cedió el esférico a Victor y este asistió espléndidamente a Tristán para que el sevillano volviera a colársela entre las piernas a César, como antes había hecho su amigo Sergio.

Una parte del Bernabéu, la que no tuvo que comerse cientos de kilómetros, no daba credito.Sólo respiró en los ultimos compases del primer acto: victor pecó de individualista y erró un claro disparo cuando tenía varios compañeros en mejor disposición. El descanso dejaba un partido claramente encarrilado para el bando gallego. Pero, como dijo una vez el fallecido Juan Gómez ante la visita de un equipo italiano, "noventa minuti en el Bemabéu son muito longi", se supone que 45 también.
Salieron en tromba los de Del Bosque, pero el Dépor contestó con una de sus especialidades, el aprovechamiento de los espacios, Valerón rozó la sentencia, pero su heroico lanzamiento se fue al poste. Siempre es mal presagio perdonar en exceso. Le concede fuerzas al equipo al que te enfrentas. Así, Solari fue el primero en buscar con ambición la meta de Molina. Después, una indecisión de Scaloni en la banda fue a terminar en manos de Raúl, que fusiló el arco coruñés. Al Madrid no se le puede dar ni un metro. Sabe extraer oro del fango. El 1-2 abría un nuevo partido. Sabedor de que los merengues irían con todo, Irureta optó por la contención y sacó a Duscher por Valerón. Pero a la contra, los blanquiazules volvieron a crear la mejor ocasión, aunque Sergio insistió en ser misericorde. Más leña al fuego, más tensión, más, nervio. Flotaba en el aire la sensación de que el que perdona lo acaba pagando.

Pero no contaban con que Hércules sabe ser magnánimo. Es un héroe. Por eso resistió lo indecible. Ni el inmenso descuento le sirvió al Madrid. Sus cien años se quedaron en nada. El deportivismo explotó de alegría. Entonces, una ola del fiero mar de A Coruña petó contra la Torre de Hércules. El agua cayó por una ladera del milenario faro. Era como si de su piedra brotara una lágrima. De orgullo. De emoción. De campeón.

 

Hércules agranda su leyenda