El Deportivo derrota al Madrid en Chamartín, en la fecha del centenario, con una justicia inapelable
SANTIAGO SEGUROLA - Madrid - 07/03/2002
El Deportivo tomó conciencia en Chamartín de que el edificio de la historia se construye a costa de la historia de los demás. Y no encontró mejor ocasión de
demostrarlo que en la fecha del centenario del Madrid, en la casa de Di Stéfano y Puskas, frente al equipo de Raúl, Zidane y Figo. Su victoria tiene el
carácter de los momentos inolvidables en el fútbol, por su sentido de la precisión simbólica y por la grandeza del desafío.
Esta final de Copa no fue una cualquiera, sino una que se recordará por el impacto del resultado, del que no se sabe las consecuencias para el Madrid.
Para el Deportivo supone la atronadora confirmación del lugar privilegiado que ha alcanzado en el fútbol europeo, éxito conseguido en el momento exacto,
en el sitio justo. Desde ahora, este equipo tendrá un puesto en la memoria del fútbol, pues las consecuencias de la victoria trascienden el aquí y el ahora:
es una Copa para la eternidad.
Por si las dudas, no caben objecciones al triunfo del Depor, espléndido en la primera parte, con Mauro Silva en plan caudillo, una especie de Obdulio Varela
que convirtió el centro del campo en una pared infranqueable para los jugadores del Madrid. Tantos años después de su llegada al fútbol español, Mauro Silva
no ha perdido la vigencia: todavía es un fenómeno defensivo, la pieza más acabada de lo que antes se conocía como medio tapón, concepto que tampoco le hace
justicia porque este futbolista maravilloso es algo más que un especialista. Es un líder silencioso y ejemplar que no claudica nunca, que sirve especialmente
para los partidos donde se exige gente de hierro. Su excepcional lectura del juego defensivo y su determinación fueron cruciales en el primer tiempo, donde
el Depor edificó su victoria, a la que no faltó sufrimiento porque el Madrid tiró con todo en la segunda parte, vibrante hasta la exageración.
Antes de que el Madrid se lanzara a tumba abierta, con la ayuda de un heroico Solari, el Deportivo había obtenido un apreciable margen de seguridad con los
goles de Sergio y Tristán, producto del buen juego del equipo. Si Mauro fue el eje físico y moral del Depor, hubo otro jugador que marcó diferencias en la
final. Valerón, que tiene fama de pusilánime, dio un curso de fútbol en un partido donde también se ponía a prueba el carácter del personal. Está claro que
Valerón no es un caudillo, pero su influencia en el equipo resulta abrumadora. Sin aparato, traza el fútbol como pocos en estos días, con inteligencia y
sutileza, virtualmente indescifrable para sus rivales. Entre las líneas defensivas del Madrid, Valerón hizo cosas maravillosas, bien asistido por Fran y
Sergio, cuya vitalidad quedó demostrada en el primer tanto.
Se descolgó desde el medio campo, recibió de Tristán, regateó a Hierro, utilizó el cuerpo para proteger la pelota frente a Míchel Salgado y batió a César
con un remate frío. Un gran gol que tuvo el don de la oportunidad porque llegó en el arranque del encuentro.
El Madrid, que vivió todo el partido entre urgencias, apretó y estuvo cerca del empate en dos remates de Zidane. El primero se estrelló en el palo; el
segundo fue desviado con dificultades por Molina, que apenas fue exigido durante todo el encuentro.
Pero el arreón del Madrid fue corto. El equipo estaba preso de la ansiedad. Funcionaba un poco Zidane, pero a su alrededor no había claridad. Y detrás
Pavón sufría ante Tristán, de manera que el panorama era más que preocupante para el Madrid. El Deportivo salió pronto a flote y comenzó a poner el balón
cada vez más lejos de su portería. En unos casos porque Mauro hacía de pared y en otros por su absoluta hegemonía en el medio campo. Era allí donde Mauro
Silva traspasaba el testigo a Valerón, que tiraba del hilo con una facilidad extraordinaria. De una de sus brillantes acciones surgió el gol ganador, en el
que también aparecieron Víctor y Diego Tristán, el primero para colocar la pelota desde la derecha y el segundo para empujarlo ante el estupor de la hinchada
del Madrid, que se preparó para lo peor.
El ingreso de Solari por Pavón estaba anunciado por el estado de necesidad del Madrid y por la floja actuación del joven central. Precisamente fue Solari el
hombre que cambió el paso a su equipo. El Madrid tuvo que tirar de la heroica para buscar el gol. Le faltó juego, pero cayó con la dignidad de los equipos
que no se rinden. Durante un buen trecho del segundo tiempo generó en el Deportivo la clase de temor que tantas derrotas le han costado en Chamartín. El gol
de Rául fue la cima del Madrid. Llegó en un peleadísimo balón que finalmente ganó Morientes frente a Mauro. El delantero pudo girarse y enviar la pelota
hacia Rául, solo ante Molina, que no pudo detener el remate. Al Madrid le quedaba tiempo suficiente para buscar el empate, y hasta pareció que una decisión
de Irureta añadía elementos para la polémica.
En plena crecida del Madrid, Duscher sustituyó a Valerón, lo que sólo podía interpretarse como un mensaje conservador. El típico cambio, en fin, que provoca
una tormenta en caso de derrota. Pero no hubo caso. El Deportivo aguantó a pie firme la desordenada carga final del Madrid, y algo dice la falta de actividad
de Molina en la última media hora del partido. Entre prisas, al Madrid se le escapó la oportunidad de poner rúbrica a una fecha histórica, a un partido
inolvidable por lo que fue y por lo que significará.
Porque la victoria del Deportivo quedará para siempre en la memoria eterna del fútbol.
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