MADRID.- Los 100 años del Real Madrid se celebraron en A Coruña. El Deportivo ganó la segunda Copa de su historia y suspendió la fiesta preparada por su rival con una demostración de gran fútbol que tuvo en Tristán y Valerón a los estandartes del juego entendido como talento, toque y buen gusto. Las estrellas madridistas, que ya no podrán ganar los tres títulos de la temporada, se vieron desbordadas en una primera parte sublime de los gallegos. Su reacción posterior, con gol de Raúl incluido, no bastó. El 'Superdepor' destruyó el sueño del Madrid y fue justo campeón.
Su
demostración de poder fundió a las figuras madridistas.
En el descanso, el título iba camino de Galicia sin posibilidad
para el viaje de retorno. Fue grande el Depor, que se arrugó tras
el descanso, pero se mantuvo a pie firme y cerró todas las alternativas
de un Madrid con exceso de ansiedad y precipitación. Vivió el
Real como si estuviera jugando los últimos minutos, con exceso de
prisas, sin concesiones para la pausa y el toque. Quiso llegar rápido
y se quedó atascado en medio de la vía. El
Depor dispuso la frontera de su defensa casi en campo enemigo.
Naybet organizó la dura vida en las trincheras, Mauro Silva barrió todo
lo que se movió a su alrededor y el arte quedó para los genios
de blanco y azul. Del Madrid, entretanto, había pocas noticias.
Si acaso, desesperación, prisas, imprecisiones y escasez
de apoyos y asociaciones. A
los dos minutos, el fondo norte, el de los gallegos, presentía
noche de fiesta y el fondo sur, el madridista, se temía lo peor.
Pavón, que se ha frenado en su progresión, cometió su
primer error y dejó el balón franco en los pies de Tristán,
los peores para el Real en ese momento. Era como concederle un trozo de
carne a un tiburón. Embocó el delantero andaluz hacia la
escuadra y César, el polémico relevo de Casillas, con la
mano cambiada, evitó que explotara el primer bombazo. Un cabezazo al palo de Zidane encendió a medio Bernabéu y el Madrid pudo vivir unos minutos en suelo enemigo. Sin creatividad, con más coraje y empeño que clarividencia y talento. Desaparecía Helguera, fallaba Pavón con reiteración, perdía Makelele todo aquello que recuperaba y los esfuerzos desconectados e individuales no bastaban. Pero los chispazos de Zidane, rebelde ante la derrota, y el peremne sacrificio de Figo equilibraban parcialmente la aparente superioridad coruñesa. El Depor sobrevivió a esos minutos y, amparado en la jerarquía de Naybet y Mauro, volvió a las alturas, a los dominios de los dos más grandes en la noche del Bernabéu, Tristán y Valerón, dueños de la pelota, señores del fútbol, geniales y sublimes. Ambos formaron una sociedad letal para los intereses madridistas. Nadie les habría quitado el balón ni con una tanqueta. Desquiciaron y acomplejaron a los rivales, tocaron con pausa y arte y merecieron llevarse la Copa. Antes del descanso llegó el segundo. Valerón se embolsó el balón, lo escondió, lo cuidó y lo mimó para conectar con Sergio. Le dio tiempo a volcarse hasta la derecha para dirigir el centro letal que Tristán no desaprovechó. Era el segundo, la sentencia. En la reanudación, Valerón disparó al palo en el que pudo haber sido sorprendente 0-3. No tuvo suerte y poco después, el Madrid se reenganchó a la esperanza. Morientes protegió el balón en un costado ante Mauro y encontró al de siempre, Raúl, que no perdonó. Para entonces, Del Bosque ya había maniobrado. Retiró a Pavón, retrasó a Helguera, y Solari, que debió ser titular, abrió el campo por la izquierda. Comenzó a temblar el sector gallego y Javier Irureta colaboró con su habitual prudencia, que algunos identifican con excesiva cobardía. Relevó a Valerón para aguantar con Duscher. Apretó los dientes el Madrid, que mejoró también con Guti, pero no bastó. De hecho, la mejor ocasión fue de Sergio. El cumpleaños madridista se cerró con la segunda Copa del Depor. |